domingo, 3 de agosto de 2008

Ejercicios de Estilo





"En el transcurso de los años treinta, estuvimos escuchando juntos (Michel Leiris y yo) en la sala Pleyel un concierto en el que se interpretaba el Arte de la Fuga. Me acuerdo que lo seguimos muy apasionadamente y que, al salir, nos dijimos que sería muy interesante hacer algo de ese tipo en el plano literario (considerando la obra de Bach, no desde el ángulo del contrapunto y fuga, sino como construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en torno a un tema bastante nimio".

En efecto, fue acordándome de Bach muy conscientemente como escribí Ejercicios de Estilo, y muy en especial de esa sesión de la sala Pleyel; pero, ¿era, seguro, antes de la guerra? En cualquier caso, fue mayo del 42 cuando compuse los doce primeros (que, además, han quedado como los doce primeros del libro); pensaba limitarme a eso y titulé este modesto intento Dodecaedro, porque, como es sabido, ese bello poliedro tiene doce caras. El director de una revista muy distinguida que aparecía entonces en zona llamada libre mayo del 42 y que me había pedido un «texto», me devolvió el Dodecaedro con aire consternado, incluso diría con tristeza, como si hubiese querido jugarle una mala pasada.

Aquello no me impidió continuar; en agosto del 42, en noviembre del 42, en julio del 44, una docena más se añadió a Dodecaedro. En febrero de 1945, La Terre n'est pas une vallée de larmes, publicación surrealista y belga dirigida por Marcel Mariën, publicó nueve de ellos con el título Ejercicios de Estilo; una nota decía: «El autor piensa, de este modo, "tratar el mismo asunto". -un incidente real, por lo demás, y trivial- de un centenar de maneras diferentes. Seguramente esos cien capítulos idénticos en cuanto al tema no dejarán de provocar, leídos en hilera (sic), algún efecto en el lector.» Esta nota la había redactado yo, por supuesto.

En el transcurso de 1945, escribí otros dieciocho que aparecieron en diciembre del mismo año en Fontaine. En resumidas cuentas, en tres años, había redactado menos de cincuenta; todo el resto fue liquidado durante el verano de 1946 en Isle-sur-Sorgue. Me detuve en los noventa y nueve, juzgando satisfactoria la cantidad; ni tanto ni tan calvo: el ideal griego, vaya."

Raymond Queneau, 1963




Notaciones

En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.
Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: "Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo." Le indica dónde (en el escote) y por qué.




Relato

Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre.
Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.


Vacilaciones

No sé muy bien dónde ocurría aquello... ¿en una iglesia, en un cubo de la basura, en un osario? ¿Quizás en un autobús? Había allí... pero, ¿qué había allí? ¿Huevos, alfombras, rábanos? ¿Esqueletos? Sí, pero con su carne aún alrededor, y vivos. Sí, me parece que era eso. Gente en un autobús. Pero había uno (¿o dos?) que se hacía notar, no sé muy bien por qué. ¿Por su megalomanía? ¿Por su adiposidad? ¿Por su melancolía? No, mejor... más exactamente... por su juventud, adornada con un largo... ¿narigón? ¿mentón? ¿pulgar? No: cuello; y por un sombrero extraño, extraño, extraño. Se puso a pelear -sí, eso es-, sin duda con otro viajero (¿hombre o mujer?, ¿niño o viejo?) Luego eso se acabó, concluyó acabándose de alguna forma, probablemente con la huida de uno de los dos adversarios.
Estoy casi seguro de que es ese mismo personaje el que me volví a encontrar, pero ¿dónde? ¿Delante de una iglesia? ¿delante de un osario? ¿delante de un cubo de la basura? Con un compañero que debía de estar hablándole de alguna cosa, pero ¿de qué? ¿de qué? ¿de qué?


Retrógrado

Te deberías añadir un botón en el abrigo, le dice su amigo. Me lo encontré en medio de la plaza de Roma, después de haberlo dejado cundo se precipitaba con avidez sobre un asiento. Acababa de protestar por el empujón de otro viajero que, según él, le atropellaba cada vez que bajaba alguien. Este descarnado joven era portador de un sombrero ridículo. Eso ocurrió en la plataforma de un S completo aquel mediodía.




Punto de vista subjetivo

No estaba descontento con mi vestimenta, precisamente hoy. Estrenaba un sombrero nuevo, bastante chulo, y un abrigo que me parecía pero que muy bien. Me encuentro a X delante de la estación de Saint-Lazare, el cual intenta aguarme la fiesta tratando de demostrarme que el abrigo es muy escotado y que debería añadirle un botón más. Aunque, menos mal que no se ha atrevido a meterse con mi gorro.
Poco antes, había reñido de lo lindo a una especie de patán que me empujaba adrede como un bruto cada vez que el personal pasaba, al bajar o al subir. Eso ocurría en uno de esos inmundos autobuses que se llenan de populacho precisamente a las horas en que debo dignarme a utilizarlos.


Otro punto de vista subjetivo

Había hoy en el autobús, a mi lado, en la plataforma, uno de esos mocosos de los que no abundan afortunadamente porque si no, acabaría por matar a uno. Aquél, un muchacho de unos veintiséis o treinta años, me irritaba especialmente, no tanto a causa de su largo cuello de pavo desplumado como por la clase de cinta de su sombrero, cinta reducida a una especie de cordón de color morado. ¡Jo!, ¡el cabrón! ¡Cómo me cargaba! Como a esa hora había mucha gente en nuestro la autobús, aprovechaba los empujones de costumbre a las subidas o bajadas para hincarle el codo en las costillas. Acabó por largarse cobardemente antes de que o me decidiera a pisotearle un poco los pinreles para jorobarlo. También le hubiera dicho, para fastidiarlo, que a su abrigo demasiado escotado le faltaba un botón.


Propaganda editorial

En su nueva novela, tratada con el talento que le caracteriza, el célebre novelista X, a quien debemos ya tantas obras maestras, se ha esmerado en presentar únicamente personajes muy matizados que se mueven en una atmósfera comprensible para todos, grandes y chicos. La intriga gira, pues, en torno al encuentro en un autobús del héroe de esta historia con un personaje bastante enigmático que se pelea con el primero que llega. En el episodio final, se ve a ese misterioso individuo escuchando con la mayor atención los consejos de un amigo, modelo de elegancia. El conjunto produce una sensación encantadora que el novelista X ha cincelado con notable fortuna.


Ignorancia

Yo, no sé qué quieren de mí. Pues sí, he cogido el S hacia mediodía. ¿Que si había gente? A esa hora, por supuesto. ¿Un joven con sombrero de fieltro? Es muy posible. Aunque yo no miro descaradamente a la gente. Me importa un pito ¿Una especie de galón trenzado? ¿Alrededor del sombrero? Comprendo, una curiosidad como otra cualquiera, pero, desde luego, no me fijo en eso. Un galón trenzado... ¿y se habría peleado con otro señor? Cosas que pasan.
Y, además, ¿tendría que haberlo vuelto a ver otra vez una o dos horas más tarde? ¿Por qué no? Hay cosas aún más raras en la vida. Precisamente, recuerdo que mi padre me contaba a menudo que...




Versos libres

El autobús
lleno
el corazón
vacío
el cuello
largo
el cordón
trenzado
los pies
planos y aplanados
el sitio
vacío

y el inesperado encuentro junto a la estación de mil luces apagadas
del corazón, del cuello, del cordón, de los pies,
del sitio vacío
y de un botón.




Amanerado

Eran los aledaños de un julio meridiano. El sol reinaba con todo su esplendor sobre el horizonte de múltiples ubres. El asfalto palpitaba dulcemente, exhalando ese tierno aroma de alquitrán que origina en los cancerosos ideas a la par pueriles y corrosivas sobre el origen de sus dolencias. Un autobús, de librea verde y blanca, blasonado con una enigmática S, vino a recoger, junto al parque Monceau, un pequeño pero agraciado lote de viajeros candidatos a los húmedos confines de la disolución sudorípara. En la plataforma trasera de esta obra maestra de la industria automovilística francesa contemporánea, donde se amontonaban los transbordados como sardinas en lata, un pillastre que frisaba la treintena y que llevaba, entre un cuello de una longitud cuasi serpentina y un sombrero cercado por un cordoncillo, una cabeza tan sin gracia como plúmbea, alzó la voz para lamentarse, con amargura no fingida y que parecía emanar de un frasco de genciana, o de cualquier otro líquido de propiedades semejantes, de un fenómeno consistente en empujones reiterados que, según él, tenían como causante a un cousuario presente hic et nunc de la S. T. C. R. P. y le dio a su lamento el tono agrio de un viejo vicario que se hace pellizcar el trasero en un mingitorio y que, por excepción, no le apetece en absoluto tal delicadeza y no entra por uvas. Pero, al descubrir un sitio libre, se lanza en pos de él.
Más tarde, cuando el sol había bajado ya algunos peldaños de la monumental escalera de su parada celeste, y cuando de nuevo me hacía vehicular por otro autobús de la misma línea, observé al mismo personaje descrito anteriormente moviéndose en la plaza de Roma de forma peripatética en compañía de un individuo eiusdem estofae que le daba, en esta plaza consagrada a la circulación automovilística, consejos de una elegancia tal que no iba más allá de un botón.



Filosófico

Sólo las grandes ciudades pueden presentar a la espiritualidad fenomenológica las esencialidades de las coincidencias temporales e improbabilísticas. El filósofo que sube a veces en la inexistencialidad fútil y utilitaria de un autobús S puede percibir en él con la lucidez de su ojo pineal las apariencias fugitivas y decoloradas de una conciencia profana afligida por el largo cuello de la vanidad y por la trenza sombreril de la ignorancia. Esta materia sin verdadera entelequia se lanza a veces con el imperativo categórico de su impulso vital y recriminatorio contra la irrealidad neoberkeleyana de un mecanismo corporal inapesadumbrado de conciencia. Esta actitud moral arrastra al más incosciente de los dos hacia una espacialidad vacía donde se descompone en sus átomos elementales y ganchudos.
La indagación filosófica prosigue normalmente con el encuentro fortuito pero anagógico del mismo ser acompañado de su réplica inesencial y costurera, la cual le aconseja nouménicamente transponer al plano del intelecto el concepto de abrigo situado sociológicamente demasiado bajo.


Modern Style

En un ómnibus, una mañana, hacia mediodía, me fue dado asistir a la pequeña tragicomedia siguiente. Un petimetre, aquejado de un largo cuello, y, cosa extraña con un cordoncillo alrededor del bombín (moda que hace furor, pero que yo repruebo), pretextando de pronto una gran prisa, interpeló a su vecino con una arrogancia que disimulaba mal un carácter probablemente pusilánime y lo acusó de pisotearle de forma sistemática sus escarpines de charol cada vez que subían o bajaban damas o caballeros dirigiéndose a la puerta de Champerret. Pero el gomoso no aguardó en absoluto una contestación que sin duda le hubiese llevado al campo del honor y trepó raudo a la imperial donde le esperaba un sitio libre, pues uno de los ocupantes de nuestro vehículo acababa de posar su pie sobre el blando asfalto de la calzada de la plaza Pereire.
Dos horas más tarde, al encontrarme sobre la misma imperial, observé al pisaverde del que os acabo de hablar, que parecía disfrutar sobremanera con la conversación de un joven currutaco que le daba consejos superchic sobre la forma de llevar la esclavina en sociedad.


Injurioso

Tras una espera repugnante bajo un sol inaguantable, acabé subiendo en un autobús inmundo infestado por una pandilla de imbéciles. El más imbécil de estos imbéciles era un granuja con el gañote desmedido que exhibía un güito grotesco con un cordón en lugar de cinta. Este chuleta se puso a gruñir porque un viejo chocho le pisoteaba los pinreles con un furor senil; pero enseguida se arrugó largándose a un sitio vado todavía húmedo del sudor de las nalgas de su anterior ocupante.
Dos horas más tarde, qué mala pata, me tropiezo con el mismo imbécil que charra con otro imbécil delante de ese asqueroso monumento llamado la estación de Saint-Lazare. Parloteaban a propósito de un botón. Me digo: aunque se suba o se baje el forúnculo, mona se quedará, el muy requeteimbécil.


Distingo

Por la mañana (y no por Ana la maña) viajaba en la plataforma (pero no formaba en la vieja plata) del autobús (no confundir con el alto obús), y como estaba llena (no me como esta ballena) la masa chocaba (y no la más achochada). Entonces un jovencito (y no cito un joven) extravagante (no vago estragante) se dirigió (aunque no digirió) a un sujeto (pero no atado) pacífico (no Atlántico) enojándose (no desojándose) porque éste (no Oeste) le pisaba el pie (no le pispaba el bies).
Al cabo del rato (y no al rabo del gato) yo vi al tonto (no llovía a lo tonto) en San Lázaro (no el de Tormes) conversando con un amigo (no amigando con un converso) más meticuloso (mas no supositorio) en temas de indumento (y no mento más té hindú).

(1) Ediciones Catedra, S.A.,1999.

(*) Raymond Queneau (El Havre,1903-París, 1976) fue licenciado en filosofía, escribió poesía, novela y ensayo. De 1924 a 1929 su obra se encuadra en el movimiento surrealista; posteriormente pasó por un periodo de preocupaciones de orden existencial y, por último, fundaría un lenguaje nuevo y original, que recuerda un poco al de Joyce, del que forman parte la fantasía, el humor, el argot y el inagotable caudal de interpretaciones al que conduce la polisemia lingüística. En 1938 comenzó a colaborar en la Encyclopédie de la Pléiade, cuya edición coordinó durante 20 años (1955-1975), y en 1951 fue elegido miembro de la Academia Goncourt. Entre su obra destacan: Le grama (1933), en la que aparece ya la preocupación lingüística que sería determinante en toda su obra, Ché"ne et chien (Roble y perro, 1937), escrita en verso y de trasfondo autobiográfico, Pierrot, amigo mío (1942), con el que rinde homenaje a la retórica clásica, Los hijos del viejo limón (1938), Siempre somos demasiado buenos con las mujeres (1947), Zazie en el metro (1959), que un año más tarde fue llevada a la pantalla por L. Malle, El diario íntimo de Sally Mara (1962) y El vuelo de Ícaro (1975); y entre sus libros de poesía: Bucólicas (1947), Pequeña cosmogonía portátil (1949-1950), de carácter paródico, la recopilación Cien mil millones de poemas (1961) y Moral elemental (1975). Pero la fama literaria de Queneau se debe, sobre todo, a su obra experimental Ejercicios de estilo (1947). Fue fundador, junto a otras iniciativas, del grupo OLIPO ("Taller de Literatura Potencial"). No es fácil encontrar en nuestro ámbito cultural escritores de talante tan sugestivo.


sábado, 2 de agosto de 2008

Apuntes

- En Imboden padre hay que aglutinar, condensar un poquito los versos

- El orden tiene que tener los más introductorios al principio, el del bar (yávar) está bueno quizás para empezar.

- Falta matar al personaje Jonás, el tío.


G.

viernes, 1 de agosto de 2008

Marineros y marineras:

El plazo definitivo para los poemas de Villa cerro 15 es el lunes 4 de agosto.
el que entrega, bien; el que no, queda fuera del barco a expensas de los tiburones.
recuerden por favor: lunes 4 de agosto.

el plazo para el poema basado en la imagen fotográfica o pictórica es el lunes 11 de agosto.

tienen que comenzar a enviar los dos mejores poemas de cada uno ( o las dos mejores páginas de cada uno) para recibir las sugerencias de los demás y para completar una estructura de libro que va a consistir en

poemas de ustedes (2, más o menos)
cerro15 (lee masters)
poemas sobre imágenes
poemas sobre after life de hirokazu kore eda


con los poemas que lleguen dentro de esos plazos trabajaremos. necesitamos apurar un poco los nudos del derrotero.

si encuentran algo de Denise Levertov, denle una mirada o súbanlo al blog. vamos a revisar algunas cosas sobre oficio y poética de ella

saludos a todos desde cubierta,

último grumete
(G)

DANIEL DARKO

Soy Charles Manson y ya es hora de la verdad. Villa Cerro 15 nunca nació de una biografía imaginaria, sólo de algunas lecturas negras con la compañía del mejor amigo del hombre: Cerbero. Ser hijo ilegítimo de una prostituta es un privilegio aquí en Babilonia, y aún no me refiero a las voces. Mi madre cuando casi conoció la destrucción ficticia me confesó que los leprosos de esta caverna han dejado una marca en mi frente, la Visión. Todavía creo que sólo es la esperanza póstuma y absurda de todos mis victimarios, sé que me extrañarán. Tú sabes, Daniel, han ensuciado nuestras almas, ¿recuerdas cuando fuimos abusados sexualmente? Ellos sabían que las tumbas tenían este epitafio: mis amores inmisericordes más malos que la sangre. Anoche le cortamos los pechos a una mujer embarazada, y era muy tarde para arrepentirse. Al fin me borro, para siempre, aunque nuestras bocas son partos, Charles, y la catatonia haya sido una rara mezcla de LSD y clizamina.

Jonás , el tío.

FALTA MATAR AL PERSONAJE (REVISAR SPOON RIVER)

Domingo por la tarde

en la calle Santa Maria ,

días de verano;

los grifos abiertos

y las patas mojadas

los muchachos en el barro

los cuerpos delgados

los muslos fuertes

las narices sucias

Los pantaloncillos cortos,

deseando,

deseándolos, y

deseándose.



Fui el público, la barra, la bulla,

el tío, el compañero y el maestro;

y por dentro,

la bestia, el violador, el enfermo, el impúdico

en secreto

hasta el día,

en que me robé la boca de Manuel ,

Y lo espere

en la esquina, junto el almacén

con los labios apretados, y con la más dulce

colonia inglesa.



Pequeño muchacho de piel blanca de luna,

tan frágil que me saliste,

cuando te monte encima,

te derrumbaste como cristal;

creí que era un juego de esos que inventábamos ,

mientras te ponías tus calcetas para el partido,

creí que era un juego cuando gritabas.

La Carola

Aquí yace la más linda,

la cariñosa

la reina.

Así debía ser nomás.

Los hombres me miraban,

Las mujeres me envidiaban.

Diosa entre los puestos de fruta

sola entre miradas curiosas.

al caminar en la oscuridad de Cerro Quince.

Cerca del bar de Don Oscar y la esquina

en donde la Galaxia y la María se peleaban a los clientes.

Un hombre

-¿tení fuego?-

Su rostro se desfigura al ver el mío,

sus ojos se inyectan en sangre;

cuatro disparos en mi espalda

calmaron su ira.

Seis metros bajo tierras baldías

sepultaron mi dignidad.



Nunca me olvidarán.

Hasta me proclamaron "Milagrosa".

Un diminuto altar

en el lugar donde sucumbí

reemplazaba mi cuerpo

junto a imágenes, velas

y un Cristo

Sí, Cristo: el mismo que me envió

a vivir encerrada en un cuerpo erróneo

y me obligó a convivir

entre

INFIERNOS.

Arturo Domínguez

Es cierto, yo fui ese viejo de la Cerro 15.

Nunca me vieron saludar a algún vecino, y aquello jamás me importó.

Por mi, que el barrio hubieses sido terreno de ensayos nucleares.

Lástima que eso nunca sucediera.

Nunca estas calles mugrientas se convirtieron en cenizas.

Nunca barrieron con los borrachos que en los veranos se robarán la sombra del que fue mi árbol.

Nunca eliminaron a los Kevin, Jonhantan, Allison y Yasmines.

Nunca quemaron viva a la puta María , esa hedionda que le abría las piernas hasta a los quiltros.

Nunca metieron presos a los traficantes y nunca le dispararon

aunque sea de pura casualidad, a ese idiota de apellido Poblete.

Nunca le prohibieron al zapatero y a la costurera seguir con sus negocios,

nunca clausuraron los almacenes, bazares y ferias libres para construir

por fin

un mall en el terreno eriazo donde está la animita de La Carola.